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DEMOCRACIA GALÁCTICA

Publicado por STEPHEN WRIGHT cerca de 1 año

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DEMOCRACIA GALÁCTICA

   

   

   

   

O, de cómo superar nuestro más grande error implica confrontar nuestro terror más grande, y viceversa 

En el programa de posgrado donde enseño, a menudo les pedimos a nuestros estudiantes que propongan listas sucesivas de palabras clave como una ayuda para nombrar las intuiciones que motivan sus planes de investigación. Al principio, las palabras tienden a ser poco audaces, ajustadas a un horizonte de expectativas común —una especie de miedo residual a usar la “palabra equivocada” conduce al error de convertirse en presa de la hegemonía léxica— pero al escarbar despacio debajo del vocabulario dominante, invariablemente se encuentran con maneras algo nuevas de hablar, más apropiadas a sus tareas y deseos. La errancia léxica de este tipo tiene un efecto heurístico, y las listas de palabras con frecuencia terminan siendo muy sorprendentes. Hace poco tiempo, un joven investigador propuso una lista que contenía las siguientes palabras: Milenarismo, Fe, Jerusalén Celestial, Arcoíris, Estrellas, Esperanza, Revolución… Raras como parecen a primera vista, las palabras no tanto delinean un campo de investigación sino que abren un horizonte y apuntan a algo mucho más allá. Tales términos nombran un horizonte en el que nosotros —seculares intelectuales de izquierda— equivocadamente hemos perdido la esperanza. En consecuencia, la relativa incomodidad que sentimos al escuchar hablar de Milenarismo o Jerusalén Celestial (excepto, claro, si viene de un Testigo de Jehová). Hemos abandonado, sin duda erróneamente, todas y cada una de las  formas de trascendencia, que hemos llegado a asociar, no sin alguna justificación, con los más perversos proyectos predatorios (colonialismo, explotación, etc.), en el corazón de los cuales la trascendencia funcionó como una especie de paliativo metafísico. Pero no solo hemos convertido la trascendencia en una mala palabra; aún peor, la hemos reemplazado por una forma de “pura inmanencia”, que, al no tener punto de anclaje en nuestra tradición occidental, ha terminado jugando el papel de una trascendencia invertida. La pura inmanencia del individualismo posesivo, y el sistema de acumulación que le es inseparable, se han impuesto, por medio del colapso de todo horizonte, como la inmanencia abismal del consumismo.

Lo que da cuenta, hasta cierto punto, de nuestro desaliento, nuestro sentido de insuficiencia y desesperanza. Nos hemos permitido ser despojados del horizonte trascendente que necesitamos si vamos a emprender algo de importancia; uno podría incluso decir que nosotros mismos hemos hundido una carga que sentimos era demasiado para soportar. Pero tales palabras clave y otros síntomas de nuestra situación, ¿implican que Dios está de regreso? No necesariamente. No parece tanto un retorno a la religiosidad institucional (sea fundamentalista, evangélica, o lo que fuere) como el simple reconocimiento progresivo de nuestra necesidad de un horizonte trascendente, y en cambio de la extrema impotencia que deriva de ceder todas y cada una de las iniciativas trascendentes al adversario. Porque no puede negarse que los sectores más dinámicos del capitalismo (aquellos más innovadores en términos de sus modos de acumulación) jamás han perdido su fe milenarista. El capitalismo continúa leyendo su destino en las estrellas. Literalmente.

 

Tomemos el caso de la exploración del espacio. Mientras la izquierda global se ocupa de salvar el planeta y combatir la injusticia aquí en la Tierra, sin fe ni esperanza en su capacidad para lograr tales tareas en la escala que se reconoce necesaria, los más poderosos responsables del capitalismo global están apuntando a otros horizontes que nutren sus imaginaciones galácticas: Larry Page (Google), Jeff Bezos (Amazon), Jeff Garzik (Bitcoin), Robert Bigelow (Budget), y Elon Musk (SpaceX, Tesla Motors), todos acuerdan con el último cuando a menudo proclama que la humanidad nació en la Tierra pero nunca estuvo destinada a morir aquí, reafirmando su visión de que hay cierta urgencia en dar con un plan B. Musk canaliza una buena parte de los ingresos de una de sus empresas, Tesla Motors, en financiar su proyecto de “colonizar” el planeta Marte hacia el final de este siglo, con una colonia de cerca de un millón de personas. Según lo dice con su garbo habitual, él mismo espera morir en Marte, pero no al hacer impacto… La Izquierda tiene fundamentos al reconocer semejante megalomanía astronómica como la cima de la irresponsabilidad social —y la palabra “social” apenas la toca, dado que hablamos de una especie de irresponsabilidad extraterrestre— pero se condena al desánimo cuando se complace con el mero denunciar la iniciativa sobre la base de un arsenal de valores terrestremente inmanentes, que carecen de cualquier tipo de agarre en un sueño de ese orden.

El error —y estamos hablando de un error de proporciones adecuadamente astronómicas— es que la Izquierda ¡no quiere saber nada con la Jerusalén Celestial! A primera vista —injusticia social endémica, distribución de la riqueza extremadamente distorsionada— parece y se percibe como una posición a tomar bastante razonable; después de todo, la expresión “Jerusalén Celestial” casi parece auto-denunciarse como ridícula. Pero en un sentido más fundamental, ¿por qué deberíamos permitirnos que nos despojen de la Vía Láctea como nos permitimos ser despojados de otros horizontes trascendentes? Lo que está en juego —o debe estarlo— es la democratización del Universo; necesitamos, por así decirlo, ¡Ocupar la Galaxia!  

 

La realidad es ésta: en 2014, el Congreso de los Estados Unidos votó la bipartidaria Ley de Asteroides, posteriormente firmada por el Presidente Obama, con el fin de “promover el derecho de las entidades comerciales de los Estados Unidos a explorar y utilizar recursos de asteroides en el espacio exterior, de acuerdo con las obligaciones internacionales existentes de los Estados Unidos, libres de interferencias perjudiciales, y a transferir o vender tales recursos”. El objetivo era autorizar a las compañías mineras norteamericanas a explotar los recursos minerales (y en particular metales del grupo del platino y que son conocidos, irónicamente, como “tierras raras”) que se encuentran en esos pequeños y medianos cuerpos celestes conocidos como asteroides. Entonces, ¿a quién pertenecen en realidad el espacio y los cuerpos celestes que allí se encuentran? Mientras que el Tratado sobre el espacio ultraterrestre de las Naciones Unidas, de 1967, prohíbe a las naciones y organizaciones privadas reclamar territorios en cuerpos celestes o en espacios interestelares (ni hablar de colonizarlos), es más ambivalente con respecto a si la explotación de sus recursos naturales sería permitida, y si así fuese, en qué términos. Firmado por más de noventa países en la cima de la carrera espacial, y dos años antes del primer alunizaje, el Tratado explícitamente rechazaba la noción de que los cuerpos celestes cayeran bajo el principio legal de res nullius —significando que el espacio exterior fuera un territorio vacío que podía ser reclamado por una nación a través de la ocupación. Prohibía la “apropiación nacional por reclamo de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera” del espacio ultraterrestre. El Tratado no prohíbe el uso  o la ocupación del espacio —en verdad, su objetivo es precisamente proveer un marco legal para la usuariedad del espacio—, pero claramente los distingue de la propiedad. Tampoco es un Tratado puramente restrictivo. Tiene también un requisito positivo para la conducta extraterrestre: “La exploración y el uso del espacio exterior”, declara, “deberán hacerse en provecho y en interés de todos los países, sea cual fuere su grado de desarrollo económico o científico, e incumben a toda la humanidad”.

¡Esa sí es una concepción decididamente antropocéntrica del universo! Pero el punto es bien entendido, y a propósito, fue de verdad abordado en 1970 por el representante argentino en el Comité sobre Usos Pacíficos del Espacio Exterior de la ONU [COPUOS, en inglés], quien propuso designar legalmente al espacio exterior y sus recursos como “la herencia común de la humanidad”. Es deslumbrante el sesgo antropocéntrico, sin embargo, desde la perspectiva actual —mientras presenciamos un recobrado interés por los viajes espaciales— valdría la pena saber más sobre las instrucciones que había recibido el representante argentino (en medio de la dictadura militar llamada Revolución Argentina) para hacer una propuesta claramente concebida como forma de prevenir cualquier "apropiación del espacio" americana o soviética, y dar una base legal a la gobernanza internacional pacífica de los bienes comunes galácticos. Como el investigador del espacio Nick Levine ha argumentado persuasivamente, “ya que la economía del espacio crece en relación a la terrestre, los dividendos sociales de un Fondo de Riqueza Galáctica podrían brindar la base para una verdadera renta básica universal”.

Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “economía del espacio”? Deep Space Industries, líder en el sector de la minería espacial, ha estimado el valor del material extraído de un solo asteroide en alrededor de 193.000 millones de dólares… Y dado que el espacio exterior no cae —o no solía caer— bajo el régimen de propiedad sino de libre usuariedad por “la humanidad”, o incluso por los seres vivientes como un todo, eso debería sonar como una posibilidad fascinante. 

 

Pero como la Izquierda considera que la exploración del espacio no cae dentro de su alcance progresista, o siente que la noción completa es demasiado extravagante, nos encontramos como testigos de la inalterable privatización de la Vía Láctea. Aquí el error es colosal, porque los marcos legales que gobiernan el desarrollo de la Jerusalén Celestial (¡simplemente miren el desastre de la Jerusalén terrestre!) tendrán consecuencias enormes sobre cómo se distribuye la riqueza a lo largo de nuestra galaxia y más allá. ¿Por qué no proponer una democracia galáctica, donde los beneficios de la economía estelar sean distribuidos de forma equitativa? Por ahora, el rechazo de la Izquierda a emprender iniciativas trascendentes de cualquier tipo —en verdad el terror de la Izquierda a ese mero pensamiento— significa que en efecto hemos cedido los bienes comunes celestiales al Capital, que no perderá ni un instante para universalizar, literalmente, en el firmamento las mismas prácticas de acumulación que han hecho tanto daño aquí abajo en la Tierra. 

Otra vez, debería considerarse que en los años 60s, en la cumbre de la carrera espacial y en vísperas de alunizar, las políticas extraterrestres no eran vistas como una distracción escapista; en los 70s, las luchas por los bienes comunes celestiales eran uno de los pilares del movimiento de países no-alineados y otros actores dentro del Sur global a favor de un orden económico más equitativo. Si, hoy, la justicia económica extraterrestre suena como una clase de futurismo obsoleto es en parte porque hemos desterrado hasta el último rastro de vocabulario trascendente de nuestro diccionario político —sublimándolo en nuestro horizonte de pura inmanencia donde se mantiene activo debajo de la superficie—, y parecemos temer que incluso si fuéramos a reintroducirlo, nos faltarían los medios para realizar nuestras esperanzas y expectativas. Después de todo, ¿escapar de la captura gravitacional de la Tierra no requiere un nivel de capitalización que simplemente está más allá de nuestros medios? Vencidos por este derrotismo, hemos llegado a contentarnos con denunciar en vez de tomar la iniciativa. Ya es hora de que nos liberemos de la inmanencia terrestre en la que quedamos empantanados, y si de verdad es todavía necesario que denunciemos algo, ¡que sea el capitalismo alienígena que ha tomado el control de nuestros mundos-de-la-vida, y ha dominado casi todo dentro de ellos! ¿Sobre qué clase de mundo extraterrestre y empresa colonial finalmente impone su nombre el capitalismo? Para responder a esa pregunta, necesitamos invertir el horizonte y cambiar la escala, haciéndonos una pregunta diferente: ¿a qué comunidad de usuariedad finalmente le prestan su nombre los bienes comunes galácticos?

Stephen Wright

Traducción: Fernando Aita

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