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TERROR POP, LITERATURA POPULAR AL SERVICIO DEL TERRORISMO DE ESTADO.

Publicado por JEREMY RUBENSTEIN cerca de 1 año

0 1996

Talla de Valientes

   

   

   

   

En los años 2000, tras la película documental de la periodista Marie-Monique Robin sobre la Escuela Francesa, muchos universitarios volvimos a interesarnos en la influencia que tuvo la “doctrina francesa” sobre las masacres sistemáticas llevadas a cabo por los militares en el Cono Sur durante los 70. Algunos indagaron sobre los orígenes de esa doctrina, otros en la introducción de la misma en Argentina, estos o aquellos sobre la relación entre oficiales franceses y sus pares sudamericanos, etc. Mientras los universitarios, después de haber (re)encontrado gran cantidad de manuales y conferencias escritos por oficiales franceses de los años 50 y 60, empezábamos a discutir sobre el nivel de la influencia francesa, en comparación a la de los estadounidenses, o el grado de imaginación propia de los milicos locales, el general Petraeus, jefe de las tropas de ocupación en Afganistán e Irak, y también principal autor del manual de contrainsurgencia (2006), consiguió que se reeditara una novela: Los centuriones de Jean Lartéguy[1].


 

 

Temo que los universitarios nunca vamos a alcanzar el grado de lucidez de un general estadounidense: lo que fuimos a buscar en viejos papeles de acceso restringido, minado de jerga militar a menudo indigesta, en realidad estaba al alcance de la mano: en cualquier librería porteña de usados o en MercadoLibre se encuentran ediciones de Los centuriones por el precio (descuidado y tristemente sincero) equivalente a un par de atados de cigarrillos. Basta con leer esta novela para tener muy en claro en qué consiste la “doctrina francesa”. Y no solo la doctrina, sino también su origen durante la guerra colonial de Indochina y sus aplicaciones en Argelia; eso sí, de forma novelada y heroizada, exculpando a los oficiales franceses –es decir los victimarios- devenidos héroes.

 

 

Sí, la novela de Lartéguy permite entrar en un recoveco de la subjetividad de los asesinos, ya que este producto cultural los justifica de antemano: es la primera ocurrencia conocida del “guión de la bomba de relojería” o ticking time bomb scenario. Replicado hasta el hartazgo desde entonces, lo conocemos por haberlo visto en películas y series y escuchado de boca de algún dirigente político: las fuerzas de seguridad detienen al malo que conoce con exactitud dónde y cuándo explotará la próxima bomba, por tanto no hay más opción que someterlo a torturas para salvar a la población civil. Mejor aún, se puede elegir no hacerlo pero sería la elección menos humanitaria: imaginen las escuelas repletas de niños despedazados o....). Por lo tanto la responsabilidad moral Exige Torturar. Obviamente, la situación del ticking time bomb scenario jamás tuvo su correlato en la realidad[2]. Lartéguy ha sido el primero en imaginar esta situación al relatar ficcionalmente la Batalla de Argel (1956) en Los Centuriones (1959).

 

Gracias a la banalización actual del ticking time bomb scenario es probable que nadie se inmute al leer la justificación de la tortura en la obra de Lartéguy. Pero aún se puede esperar que la náusea alcance al lector cuando llegue al momento donde también la violación es moralmente justificada bajo el doble pretexto de los deseos profundos e incontrolables que asaltan a uno de los héroes y a la vez como una eficiente herramienta de “Inteligencia”. En efecto, en la novela, el capitán Glatigny viola (perdón, “forcejea” según la terminología supuestamente apasionada del autor) a una militante argelina, quien seducida –o mejor dicho conquistada- a raíz de esa tórrida relación sexual decide traicionar a todos sus compañeros de militancia. Es así que el capitán Glatigny obtiene la información que permite desmantelar al peligroso comando terrorista (es decir, militantes independentistas argelinos). Last but not least, el pobre capitán francés sufre un abrumador cargo de conciencia, descripto con la empatía de rigor: su devoradora pasión puso en riesgo su matrimonio (que de ahora en adelante será triste y tibio) y además obligó a su amante a delatar a sus compañeros, de manera que en la lógica perversa del autor es él quien sufre por la traición cometida ella. Los militares argentinos que violaban militantes presas en campos de concentración clandestinos sufrían exactamente lo mismo:

 

No te das cuenta de que ustedes son las culpables de que nosotros no nos queramos ir a nuestras casas [. . .] ¡Saben hacer de todo! Son las mujeres que nosotros creíamos que sólo existían en las novelas o en las películas y esto ha destruido nuestras familias.[3]

 

Pero en comparación, los militares argentinos corrían con ventaja: habían leído Los Centuriones antes de cometer las mismas violaciones que sus pares franceses en Argelia, por lo que disponían de una cuartada a priori: sus deseos indomables y sus metas profesionales ya eran justificados en el marco de un relato heroico que había explorado, fijado y solucionado los posibles cargos de conciencia.